Algunos toreros saben cómo se torea bien, lo tienen en la cabeza, pero no pueden reflejarlo en la plaza. Es ésta un gran tragedia: no poder expresar con las telas lo que a ellos les han transmitido los grandes...Y es que quizás nadie les ha explicado la diferencia entre tener y ser. Entre querer y poder.
Algunos aprendices memorizan los cánones , escuchan con atención a sus maestros en las escuelas taurinas o ven videos, se dejan la coleta natural, escuchan flamenco, hablan medio andaluz y unos cuantos ,sólo con eso y con decir dos guasas de vez en cuando, ya piensan que son la reencarnación de Belmonte.
Otros toreros respetan esta profesión desde antes de nacer. Y entrenan, escuchan y tratan de emocionar cuando ya empiezan a pisar las plazas. Son éstos , toreros que pasan por diferentes etapas y nunca se rinden cuando creen que realmente pueden evolucionar y llegar a conseguir una técnica depurada, la misma que les permitirá que les valgan muchos toros y que recorran las ferias y corten las orejas y reciban mil palmadas en la espalda...Muchos de ellos llegan a ser buenos matadores de toros. Parar, mandar, templar...
De muchos se dice que tienen una gran capacidad, que ven y hacen faena donde muy pocos la pueden hacer. Hay toreros regulares, poderosos, de arte, valientes, temerarios, técnicos, de grandes carteles, de festivales, novilleros con proyección, con ambiente...Existen toreros bullidores, con gusto, con variedad, de plazas de primera, de portátiles, de gachis, estéticos...
También los hay vulgares, pegapases, aburrevacas, sin clase, incapacitados para el toreo ( aunque muchos se ganen la vida en esto) o, simplemente, malos de solemnidad. Y dos o tres mil adjetivos más que leo día tras día, que escucho crónica tras crónica, crítica tras crítica...
Y después está el grupo de los elegidos; Una selección de muy pocos, de poquísimos. Son los matadores atemporales, clásicos, los del regusto y la pulcritud, los espejos de las generaciones que están y de las que vendrán. Los del empaque y el poso. Los de las piernas de piedra y los tobillos de cristal. Los de las muñecas de fuego y la cintura de colores...Esos matadores que te recrean por dentro, que le dan una vuelta más al arte. Son toreros que nacen con estrella, que son tocados por algo o por alguien que los transforma en extraterrestres. Que vacían con la profundidad de cada muletazo un trozo de ellos mismos.
Estos no tienen definición posible. No entran en ningún grupo, sólo en la categoría de lo eterno. Igual que no se definen las emociones, las sensaciones, los besos, las penas, los pulsos...Explicar ciertas cosas o , simplemente, intentar hacerlo es transgredirlas de algún modo. Poner palabras a lo etéreo es hacerlo terrenal, vulgarizarlo...
No se puede hablar de los vuelos de un capote suplicando el lentísimo movimiento de unas muñecas prodigiosas. Eso, señores, es orfebrería. Ni describir una media rematada con la barbilla hundida en el pecho, fusionada casi con él y con la cadera quebrada en lo imposible...Los tres segundos de un natural a compás, profundo, ralentizado, fajado, vaciado, fibrado, enjaretado, con la muleta rozando la arena...eso debería estar prohibido contarlo.
El empaque, la gallardía, la clase...son sólo conceptos.
O, ¿quizás,no?
A vosotros os lo pregunto. A mis matadores del club selecto de mis emociones; los que materializáis y ponéis notas a la música del toreo cada tarde.
Paso a paso. Lentamente. Con la constancia de los ganadores. El asfixiante avance de la figura del toreo. Que se forja y que quema todo a su alrededor. Que vence y convence.
¿Qué se siente en ese particular Olimpo donde escribís en el alma de los demás?